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Me sentí como de 13 de nuevo, pérdida, sola. Oscura. Y me gustó, no sabía cuando extrañaba esa sensación hasta que apareció en un suspiro y se esfumó en un parpadeo.

Jugué a la escondida de mi madurez y me perdí en el laberinto del pasado. Me tortura, me quema, me transforma.

En éste mundo hay mucho sol para mi. Detesto su luz.
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Se me quedó la pluma dentro del tintero, y no le cuestioné nada. No hubo tiempo, sobró orgullo, llegó la muerte. Todo fue circunstancial.
Se secó la tinta, se vistió con telas de araña aquel cofre con sueños y pesadillas, se marchitó la esperanza y el recuerdo.
Cuando intentó hacer algo, se durmió, cayendo en su abismo y alimentando el mío. Todo fue circunstancial.
Y fue aquello tan circunstancial lo que no me permitió escupirte, gritarte, odiarte, amarte. Conocerte.
Todo fue muy rápido, tan circunstancialmente rápido... Que me quedé con una rosa en una mano, con sangre en la otra y lágrimas en los ojos... Aquel frío día de Agosto.
No te dije adiós.
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No tengo nada para ti. No mereces ni mi rencor ni mis lágrimas -de nuevo-, tu cabeza está llena de clavos oxidados acariciando tu corona de mierda. Esa es tu imagen, ese eres tú.

En algún momento la moneda te aplastará y serás nada. Recibirás lo que mereces. Pero yo no estaré allí, estaré lejos, con mi vida armada, con colores nuevos, con una casa fúnebre que tenga un lindo jardín, viviré cantando, riendo, llorando... Sin invocarte jamás. He de purificarme, mi odio no es -ni será- tuyo, serás un recuerdo in-recordable, mientras tenga la vida que siempre he debido tener sin el ardor de tu aliento en mi cara, sin amenazas ni billetes. Tu mano será cortada por ultrajar la medalla de Artemisa, por hacer lo que no se debe.

Yo seguiré creciendo, llegaré al sol. Tú estarás más allá del inframundo por reírte de la justicia escupiendo en su venda. Te ahogarás en tu vómito... Solo, porque así quisiste estar.
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Qué absurdo. Me quedaré sola por sincera.
Un mundo muy cínico para este ente tan antipático.
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Confía, cierra los ojos.
Estás vivo.
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La perra comenzó a vomitar billetes,
las hormigas cantan, gritan, se queman... Suelen ser invisibles.
Lo de siempre se pudre, eso que está pero que nadie nota,
sólo se ve cuando está muerto. Y nadie escuchó su llanto,
los tacones, los celulares... Todo sonaba muy fuerte,
todos estamos muy sordos.
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Mi vida es un té de berries con endulzante,
el estómago gritando,
mi cara sonriente, en un mundo lleno de metáforas
y ganas de dormir en las nubes...
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Puede ser exagerado, pero su muerte me afecta de gran manera, sin conocernos era mi guía. Tengo un vacío extraño, una oscuridad.
Adiós maestro, descanza en paz querido Ernesto Sabato.
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Se me descocieron los brazos rodeándolos,
si me estrujan saldrán las lágrimas siguiendo un camino que nace en mi hombro,
se han trizado mis piernas cargando su peso.
Y me quedé ciega.
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Te recuerdo entre comidas y velas a medio morir.
Entre sudor y lágrimas,
en la felicidad de mis ojos y la alegría en los tuyos.
Te siento dentro, en la desesperación,
en el tiempo, en la sangre.
Mis labios tienen tu sabor, en mi ropa están tus cabellos,
tus dedos ultrajando mi mano,
tu olor en mi sombra, tu ropa en mi closet.
Estás allá esperando, al final de la escalera infinita,
esperando lo que ya tienes.

Me das paz y angustia. Me das sanidad y locura.
Cuando me abrazas el reflejo del espejo se ve... Menos despreciable.
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Soy adicta al jugo de naranja, paso tardes enteras frente a una pantalla, leyendo cosas cagada de miedo de no ser buena, de no entender, de perder la chispa, del fracaso. Tengo pesadillas, me siento inválida e incapaz, y aplastada por un enorme billete que me caga el estómago por no tenerlo.

Es que no nací pa' este puto mundo, pero quizás tampoco para el otro. No puedo tirarme a la alcantarilla pero tampoco caminar sin muletas. Volví a tener 3 años.
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Soy el vomito de Atenea ojos de lechuza. Por eso soy tan despreciable... Nunca tuve el toque de Afrodita.
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Tenía algo increíble que escribir, algo les iba a contar... Pero lo olvidé.
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Días de paz, que perturbador panorama. Pero me tienta, por primera vez.

Me perderé en el mar.

Charles Bukowski

No era mi día. Ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ni mi vida. ¡Maldita sea!