El cielo me habla como un tartamudo, y no le entiendo lo que dice. Dios me tira mierda porque estoy muy sorda, porque no comprendo, porque esta fue mi voluntad. Pero me esfuerzo por entender esa repetición de sonidos y me parece una llovizna, no una tormenta. Se enfurecen porque no me llegan los mensajes y no obedezco. Se molestan porque tomo café en vez de té verde, porque fumo en vez de correr, porque lloro en vez de reír. Pero mis oídos están tapados, y lo divino no sabe expresarse.
Es fácil mirar a la gente y hacer juicios rápidos sobre ellos, sus presentes y sus pasados, pero estarías asombrada ante el dolor y las lágrimas que esconde una sola sonrisa. Lo que una persona muestra al mundo es sólo la minúscula faceta del iceberg escondido de la vista. Y la mayoría de las veces, está marcado con grietas y cicatrices que recorren todo el camina hasta los cimientos de su alma.
Acheron.
El río nace solo cuando todos duermen, y ahí nado, en aquel lugar salado, que nace en mi cabeza y termina en mi pies. Solo en el silencio hay paz.
Me sentí como de 13 de nuevo, pérdida, sola. Oscura. Y me gustó, no sabía cuando extrañaba esa sensación hasta que apareció en un suspiro y se esfumó en un parpadeo.
Jugué a la escondida de mi madurez y me perdí en el laberinto del pasado. Me tortura, me quema, me transforma.
En éste mundo hay mucho sol para mi. Detesto su luz.
Se me quedó la pluma dentro del tintero, y no le cuestioné nada. No hubo tiempo, sobró orgullo, llegó la muerte. Todo fue circunstancial.
Se secó la tinta, se vistió con telas de araña aquel cofre con sueños y pesadillas, se marchitó la esperanza y el recuerdo.
Cuando intentó hacer algo, se durmió, cayendo en su abismo y alimentando el mío. Todo fue circunstancial.
Y fue aquello tan circunstancial lo que no me permitió escupirte, gritarte, odiarte, amarte. Conocerte.
Todo fue muy rápido, tan circunstancialmente rápido... Que me quedé con una rosa en una mano, con sangre en la otra y lágrimas en los ojos... Aquel frío día de Agosto.
No te dije adiós.
No tengo nada para ti. No mereces ni mi rencor ni mis lágrimas -de nuevo-, tu cabeza está llena de clavos oxidados acariciando tu corona de mierda. Esa es tu imagen, ese eres tú.
En algún momento la moneda te aplastará y serás nada. Recibirás lo que mereces. Pero yo no estaré allí, estaré lejos, con mi vida armada, con colores nuevos, con una casa fúnebre que tenga un lindo jardín, viviré cantando, riendo, llorando... Sin invocarte jamás. He de purificarme, mi odio no es -ni será- tuyo, serás un recuerdo in-recordable, mientras tenga la vida que siempre he debido tener sin el ardor de tu aliento en mi cara, sin amenazas ni billetes. Tu mano será cortada por ultrajar la medalla de Artemisa, por hacer lo que no se debe.
Yo seguiré creciendo, llegaré al sol. Tú estarás más allá del inframundo por reírte de la justicia escupiendo en su venda. Te ahogarás en tu vómito... Solo, porque así quisiste estar.
La perra comenzó a vomitar billetes,
las hormigas cantan, gritan, se queman... Suelen ser invisibles.
Lo de siempre se pudre, eso que está pero que nadie nota,
sólo se ve cuando está muerto. Y nadie escuchó su llanto,
los tacones, los celulares... Todo sonaba muy fuerte,
todos estamos muy sordos.
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Charles Bukowski
No era mi día. Ni mi semana, ni mi mes, ni mi año. Ni mi vida. ¡Maldita sea!